La Navidad de este año, la del Año de la fe, debe ser algo especial. No nos
limitemos en conservar el grado de fe, de esperanza y de caridad.Trabajemos por crecer en todas ellas, esforzándonos en aumentarlas.
Cada año al comienzo del adviento nos sale al paso María para ayudarnos a
preparar la Navidad con gran
alegría.
Estamos convencidos de que la crisis económica que estamos padeciendo
es un pequeño reflejo de la crisis moral y cultural en la que nos hemos
ido enredando desde hace tiempo. Desde todas partes surge la pregunta
por la solución. Todos buscamos una salida decorosa: una salvación para
la persona y para la sociedad.
¿Dónde se encuentra la salvación? Unos la buscan en unas reformas
económicas que al fin terminan por aplastar más a las víctimas. Otros
apelan a una revolución pendiente que trata de hacernos olvidar su
propio fracaso. Otros miran a los poderosos de la tierra y a las nuevas
economías emergentes esperando que nos compren como esclavos.
Pero nos cuesta entender que la salvación no es solo obra nuestra. En
el texto del profeta Baruc que hoy se proclama, se insiste en recordar
la iniciativa de Dios. Es Dios quien elige a Jerusalén. Es Dios quien la
reviste de un manto de justicia. Es Dios quien trae a sus hijos del
destierro. Es Dios quien les allana los senderos del desierto (Bar 5,
1-9).
Cualquiera pensaría que había que comenzar por cambiar de un golpe
las estructuras del poder. Pero Juan el Bautista descubre que las dificultades para
que amanezca el día de la salvación no están sólo en la situación
política o eclesiástica. Las soluciones están sobre todo en el interior de cada
persona. Juan se retira al desierto para poder invitar a todo hombre a
la conversión. Retiremonos hacia nuestro interior , hacia nuestro propio desierto para encontrarnos cara a cara con nosotros mismos y aprovechemos estos días previos a la Navidad para crecer en el amor al prójimo como a nosotros mismos.


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