martes, 4 de diciembre de 2012

Navidad para amar, navidad para consumir

Cae la calor a plomo sobre los campanarios de las iglesias allá por el mes de agosto en los pueblos de nuestra querida España y empieza a asomarse por la esquina de nuestras vidas la falsa navidad ; aparecen ante nuestros ojos los primeros décimos de loteria, que nos recuerdan la necesidad que tenemos de llenar nuestra vida de sueños inconfesables e inalcanzables para nuestro bolsillo, pero que llegando el nacimiento del Niño Dios, pasado el meridiano del mes de Diciembre y por un puñado de monedas depositadas en el templo de la suerte se nos dice que podremos hacer realidad.

La Navidad representa para el cristiano la llegada, el nacimiento de Jesús que se nos recuerda en ( Lc 1,68-79) con estas palabras
 
" Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz."


Tiempo pues de recogimiento en oración y en familia, buscando  amar al prójimo por amor a Dios, iluminados por esa luz resplandeciente que nos aporta calor y alegría a nuestras vidas.

La navidad para los no creyentes, para los ateos militantes y  para quienes han decidido vivir sin Dios en sus vidas, se concentra en las luces que nos caen de lo alto de nuestras calles y plazas y se encaraman en los escaparates de los grades almacenes llamándonos al consumo en ocasiones desenfrenado y casi obligatorio de todo cuanto en verdad poco o nada necesitamos pero que mueve la economía del mundo.

La navidad económica o productiva se contrapone y en buena medida se impone frente a la navidad sencilla del carpintero de Nazaret, del hijo de María esposa de José de la casa de David que desde la humildad de su cuna nos vino a traer

  la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días. 

No dejemos de mirar el establo donde Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre nos dejo una promesa : la alegría de ser hijos de Dios aunque no queramos reconocerle en nuestras vidas.