Que cualquier país para funcionar necesita un mínimo de ingresos y por lo mismo sus ciudadanos deben pagar un mínimo de impuestos es obvio, la cuestión sobre la cantidad o el volumen de impuestos a pagar esta de una parte en cuantos ingresos son necesarios en función de la estructura de estado que se ha creado, del tipo de gastos que sus gobernantes han decidido acometer y de otra la eficacia en la distribución y cobro de la carga impositiva.
A nadie se le escapa que cuanto más reducida es la estructura del estado y más ponderados son los gastos, ajustándolos a criterios de eficiencia y rentabilidad social, menos ingresos son necesarios para mantenerlo y a nadie le es indiferente que si la hacienda pública se esmera en el cobro a todos los impositores de su correspondiente y proporcional parte de la carga esta se hace más llevadera y naturalmente al cerrar este circulo de eficiencia en el gasto y eficacia en el cobro el estado se refuerza y puede cada día acudir a cubrir los servicios esenciales: educación, sanidad, justicia y defensa, garantizando una determinada calidad de vida al conjunto de la sociedad.
Ahora bien en sentido inverso todos somos conocedores de los efectos demoledores que se ciernen sobre un estado sobredimensionado (por intereses ajenos al bien común) y con una estructura de recaudación absolutamente ineficaz que permite que miles de ciudadanos se sustraigan al deber de aportar su correspondiente parte en la carga impositiva en función de sus ingresos y beneficios para el sostenimiento de los servicios básicos de ese país.
España es el fiel reflejo, el ejemplo vivo desde hace décadas de ese elefantismo burocrático-administrativo del estado y de esa ineficacia cuasi delictiva y en ocasiones directamente punible que ante la mirada de una ciudadanía complice por acción u omisión esta enterrando toda esperanza de futuro en las presentes y venideras generaciones.
Recetas para encontrar una solución, suenas muchas pero cuando lancemos nuestras propuestas no deberíamos olvidar que si no somos capaces de abrir empresas que pongan en el mercado productos con demanda, es y será materialmente imposible retornar a la senda de crecimiento y estabilidad....naturalmente que al mismo tiempo debemos reestructurar el estado, centralizando en lugar de atomizarlo y reforzar la eficacia de la hacienda pública para que todos aportemos lo que en justicia nos corresponde al esfuerzo común pero sin empresario, sin empresas no hay salida ni a la crisis económica ni a la crisis de país.


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